Una efeméride para pensar en la Ciencia

Durante estos días de celebración de los 60 años de los Tratados de Roma hemos oído un montón de elogios a la creación de lo que hoy conocemos como Unión Europea. En todos ellos se nombran palabras como libertad y democracia e incluso hemos llegado a sentirnos orgullosos de venir culturalmente de personajes tan insignes como Pericles, Aristóteles o Miguel Ángel. No voy a defender lo contrario, pero hay algo que he echado de menos en todos estos artículos y discursos: la Ciencia.

Sí, en todas las culturas y continentes ha habido grandes poetas, pintores, filósofos e incluso matemáticos. Pero fue en medio de la Toscana donde nació a quien podemos considerar el padre de la ciencia tal y como la entendemos hoy en día, Galileo Galilei.

Observar, hipotetizar y experimentar

Aunque para la mayoría es el personaje al que la Inquisición condenó por decir que la Tierra giraba alrededor del Sol, un héroe por luchar en lo que creía, para quienes nos dedicamos a la Ciencia es nada más y nada menos que el responsable de nuestro sistema de trabajo, el Método Científico. Así como suena, el método que crea este hombre del Renacimiento europeo sigue siendo básicamente el modo en el que en pleno siglo XXI trabajamos todas las científicas y científicos del mundo: primero observamos la naturaleza, luego establecemos unas hipótesis, éstas se comprueban mediante una serie de experimentos precisos cuyos resultados son analizados y comparados con las hipótesis previas. Con todo ello obtenemos una serie de conclusiones y con el nuevo conocimiento adquirido volveremos a observar la naturaleza y seguimos con el ciclo de experimentación antes descrito. Y así, ciclo tras ciclo, llevamos haciendo ciencia y resolviendo enigmas sin parar desde Galileo. Este método tiene la virtud de potenciar nuestra capacidad crítica. Con él, en numerosas ocasiones, creencias, tanto científicas como populares, han sido demostradas como falsas tras haber sido analizadas con precisión. El primer ejemplo es esta misma creencia de que el sol giraba alrededor de la Tierra. Precisamente, esta capacidad crítica es la que nos ha permitido crecer como sociedad.

Pero aunque el Método Científico pueda parecer una obviedad, no es nada sencillo llevarlo a cabo. De hecho, se ha tenido que establecer en las universidades todo un complejo sistema de aprendizaje para formar a los licenciados que quieren dedicarse a la investigación científica: el doctorado.

Analizar críticamente para seguir avanzando

El sistema de doctorado no se implementó por primera vez en las grandes escuelas de matemáticas o medicina de los árabes. Tampoco lo fue en la época de máxima innovación en la China de la dinastía Tang. Lo fue aquí, en nuestra vieja Europa, en las universidades que se fueron creando a partir de la Baja Edad Media en Salamanca, Bolonia, Oxford, París… Así que Europa va unida a la invención de un sistema de estudio en el que el análisis y la crítica de los conocimientos previos es esencial para seguir avanzando, realizando experimentos que comprueban o refutan lo que se sabe hasta ese momento.

Pero volvamos a Galileo, porque él no fue el primero en decir que la Tierra giraba alrededor del Sol. Obviando al griego Aristarco de Samos, fue el polaco-prusiano Nicolás Copérnico el primero en establecer un modelo matemático en el que los planetas giraban alrededor del Sol. El toscano lee su libro y pasa a observar con su telescopio los astros. Y lo que observa apoya totalmente lo que había propuesto el polaco. Pero no encajaba todo a la perfección y es entonces cuando entra en escena un astrónomo luterano del Sacro Imperio Romano Germánico, Johannes Kepler, quien cambiando las trayectorias de los planetas a una órbita elíptica en lugar de circular es capaz de predecir y comprender los movimientos de los astros.

Y esto, además de ser la piedra fundacional de cómo funciona la ciencia actualmente, es un magnífico ejemplo de cómo debería funcionar la Europa que queremos: independientemente de donde seas, si trabajamos juntos podemos lograr lo que se acabó llamando la Revolución Científica. Una revolución en los siglos XVI y XVII que nos llevó de forma pacífica e incruenta a comprender mejor el mundo en el que vivimos, a conocernos a nosotros mismos como seres vivos y a mejorar tremendamente nuestras condiciones de vida.

La Ciencia y Europa necesitan la comunicación entre todos

En este sistema de aprendizaje del funcionamiento de la Naturaleza es esencial entender que necesitamos que los experimentos los hagan diferentes personas. Que unos continúen con los descubrimientos de los anteriores, lo que en su día el inglés Isaac Newton expresó con la sentencia del bretón Bernardo de Chartres “somos como enanos a los hombros de gigantes”.

Pero no solo necesitamos diversos científicos, también necesitamos la implicación de muchos países y centros de investigación en los que se van generando ciencias, culturas y métodos de trabajo variados. Cada uno aportará hasta donde llegue y luego habrá que poner todas las experiencias en común para poder seguir avanzando. El mismo Copérnico viajó desde su Polonia natal a Italia donde estudió en Bolonia, Roma, Padua y Ferrara. En definitiva, la esencia del espíritu del programa Erasmus que desde 1987 ayuda a estudiantes europeos a formarse en distintos ambientes y países, un concepto que ya existía desde la antigüedad.

Los científicos fuimos conscientes desde el principio de las ventajas que representaba la movilidad. Tanto de personas como de ideas o de ciencias. Así, por ejemplo, a principios de siglo XIX un químico del Sacro Imperio Romano Germánico que había estudiado en Suecia, Friedrich Wöhler, fue capaz de sintetizar urea, un compuesto biológico que hasta el momento se creía que únicamente podría producirse dentro de los seres vivos. Y con la unión de la química y la biología nació una nueva ciencia, la bioquímica que acabaría desvelando cómo son las reacciones químicas que ocurren dentro de nuestras células y cómo se duplica y hereda la información genética que contienen. Es el principio de la biomedicina actual que ha desarrollado los fármacos que tenemos actualmente contra enfermedades tan terribles como el sida.

El hecho de tener a los mejores científicos europeos circulando libremente y creando con sus descubrimientos las condiciones para la prosperidad de los ciudadanos europeos se parece tremendamente a los principios y fines de los Tratados de Roma que hemos estado celebrando estos días. Y la idea de unirse de forma voluntaria para avanzar juntos no es una novedad política, ya en 1920 se creó la Unión Matemática Internacional. Por eso se debía haber hablado más de ciencia durante estas celebraciones. Porque en este caso, la ciencia, su funcionamiento, ha precedido a las ideas políticas que han llevado a dar forma a la Europa de hoy. Los científicos han creado, hemos creado, un modelo de trabajo que ha inspirado a la sociedad entera para mejorar, para avanzar juntos de forma pacífica respetando siempre al de al lado.

Y es que el modelo del trabajo científico es bueno, muy bueno. Tan bueno que ha sido exportado a todo el mundo. Hay universidades y centros de investigación en todos los continentes. De hecho, aquellos países de fuera de Europa que más se han esforzado en la implementación de este modelo son ahora líderes mundiales. Y me estoy refiriendo a Japón y a los Estados Unidos.

Este último país es un magnífico ejemplo de cómo funciona esto de recibir a los mejores científicos de cualquier parte del mundo. Nuestro venerado Severo Ochoa, después de pasar por Alemania y el Reino Unido, acabó asentándose allí y fueron sus experimentos en la Universidad de Nueva York los que le valieron el reconocimiento del Premio Nobel. Un premio que allí consideran con toda lógica, estadounidense. De hecho, alrededor de un tercio de los nobel de este país lo son por investigaciones dirigidas por quienes ahora llamamos inmigrantes. Nos es de extrañar, por tanto, que los primeros en protestar por la nueva política migratoria de Donald Trump fueran los científicos y las universidades que saben que la integración y el reconocimiento de la valía es lo que hace crecer una nación.

Como no podía ser de otra manera, el funcionamiento de la ciencia se ha seguido puliendo y refinando con el paso de los años. Siendo básica la comunicación entre los científicos, los descubrimientos ya no se presentan en libros sino en revistas científicas. Con el fin de agilizar este intercambio de conocimientos y crear foros de discusión donde analizar y argumentar nuestros resultados, hoy tenemos congresos científicos con participantes de todos los países. En ellos nos reunimos para explicar nuestros últimos descubrimientos, poner en común las conclusiones y contrastar hipótesis. Además, en ellos se analizan en común los resultados negativos. ¿No se reúnen con intenciones similares en el Parlamento Europeo?

Los beneficios llegan a todos

En el método científico la comunicación entre todos es esencial para seguir avanzando. Pero no solo para seguir descubriendo cosas. Un efecto secundario de ello es que las mejoras en la calidad de vida de la gente se pueden alcanzar lejos de los centros en los que se hacen los descubrimientos. Tardarán algo más, pero acabarán llegando. Aunque el ibuprofeno fue desarrollado bajo el liderazgo del químico británico Stewart Adams, esta misma semana le ha bajado la fiebre a mi hijo pequeño aquí en un pueblo de la sierra de Madrid.

Claro que siempre será mejor ser el primero en descubrir algo, el “que inventen ellos” es siempre ir a peor, es quedarnos atrás en el desarrollo y dejar de mejorar la vida de nuestros conciudadanos. Por muy valientes que hubieran sido Colón, Vasco de Gama y compañía, nada hubieran conseguido si en los astilleros de la Corona de Castilla y del Reino de Portugal no hubieran desarrollado una tecnología naval puntera. Con la típica galera mediterránea de fondo plano no se puede navegar por el Atlántico. No hubieran llegado ni a las Islas Canarias y nunca hubieran llegado a descubrir el Nuevo Mundo. Todos aquellos descubridores necesitaron navegar en las célebres carabelas que, aparte de poder transportar suficientes víveres y mercancías para largas travesías, eran capaces de avanzar en contra del viento, a barlovento. Y sí, por una vez nuestro país estaba al frente de la investigación y ni Francia ni Inglaterra tenían todavía este tipo de naves.

Sin embargo, la ciencia no puede basarse en resultados cortoplacistas, pues nunca lo ha hecho. La ciencia es el amor al conocimiento teniendo siempre muy claro que entender cómo funcionan las cosas nos ayudará a progresar. A los científicos nos motiva aprender, poder contestar preguntas simples o incluso demostrar que lo establecido no siempre es cierto. Es verdad que la sociedad debe intentar canalizar nuestros estudios mediante el sistema de mecenazgo. De esta manera, los científicos somos conscientes de lo que la sociedad nos pide, pero sin que ello suponga una imposición política. El sistema de mecenazgo se basa en que la sociedad hace donaciones para subvencionar aquellos estudios que considera más relevantes o especialmente importantes para la sociedad. Sin embargo, este mecenazgo no puede nunca sustituir la inversión en ciencia básica por parte de los gobiernos. Nunca debemos olvidar que de ella se tienen que ocupar las instituciones públicas. Son ellas, como garantes del bien común, las que tienen que potenciar la ciencia como búsqueda del conocimiento, porque no es posible aplicar lo que desconocemos.

La historia nos ha enseñado que los grandes avances de la humanidad han ido de la mano de investigaciones básicas que a priori no parecía que pudieran ser aplicadas. Así, el estudio de un orgánulo celular como es el ribosoma, nos ayudó a desarrollar mejores antibióticos y el estudio de cómo funcionan unas proteínas llamadas quinasas ha permitido el desarrollo de numerosos medicamentos que son utilizados para todo tipo de enfermedades como el cáncer, las enfermedades cardiovasculares o la diabetes. La ciencia básica es la base del conocimiento y son los estados los responsables de su mantenimiento porque todos los ciudadanos nos beneficiaremos a largo plazo de una ciencia de calidad. Como ya explicó en su momento el químico francés Louis Pasteur “las ciencias aplicadas no existen, sólo las aplicaciones de la ciencia”.

Los científicos deberíamos haber aprovechado la efeméride de los 60 años del inicio de la Unión Europea para recordar que la Ciencia surgió aquí en Europa y haber hecho que los europeos se sintieran orgullosos de ello. Pero no para creernos mejores que los demás, sino para recordar la importancia que la Ciencia ha tenido en mejorar la calidad de vida de nuestros ciudadanos. Debemos mostrar a la sociedad los avances que la ciencia ha conseguido a lo largo de todos estos años. Necesitamos que la sociedad entienda que es imprescindible apoyar la ciencia para progresar, que la ciencia tiene sus tiempos y que los atajos no son buenos. Esto es ahora, más que nunca, imprescindible. En estos tiempos de crisis es muy fácil olvidarse de invertir en ciencia, pues invertir en ciencia es invertir en el futuro y cuando el dinero es corto solemos preocuparnos solo del presente. Por eso hay que luchar por la inversión en la ciencia, pues en ella radica nuestro futuro y el de las siguientes generaciones. Y sí, los científicos somos conscientes de que se requiere un tremendo esfuerzo económico e intelectual pero sabemos que merece la pena, la ciencia ha sido y es el progreso de Europa. Los europeos ya hemos sido antes pioneros en ciencia, y ahora sabemos que si lo volvemos a hacer el resultado puede ser impresionante. Europa y Ciencia son lo mismo y deben seguir unidos.

Este artículo se publicó originalmente en la revista de la Fundación Anastasio de Gracia Tendencias 2017.

1 comentario en «Una efeméride para pensar en la Ciencia»

  1. Ocurre que a la Ciencia no se la conoce y de conocerla, es muy superficialmente, son pequeños destellos de conocimientos a nivel de la cultura de cada pueblo. Existen gobiernos que apoyan a la Ciencia, léase EE.UU. Francia, España, Suiza, Corea del Sur y muchos más. Singapur va a la cabeza de la Evolución Humana. Es importante saber que los Científicos e Investigadores se mueven en un ¡¡¡submundo!!!, ¡no se los ve! ¡ ¡ni se sabe sobre ellos! ¡Es el silencio del tiempo-espacio en que vivimos! Digo con conocimientos de causas que existimos en un ¡Túnel del Tiempo! Pero allá existe una ¡Comunicación Internacional! muy franca y especialmente existe grandes consideraciones de conocimientos que se expresan con un alta generosidad de transmisión de Saber, es la única manera de sobrevivir ante tanta información desde lo sub-atómico hasta lo que se le ocurra. Así las cosas, de lo que estoy seguro, es que existimos muy cómodos y con unos deseos enormes de aportar a la nuestra madre,la €€€Ciencia€€€, lo mejor de nosotros, A ésto se lo garantizamos. Suerte y Felicidad. Long life.

Comentarios cerrados.