La filosofía del método científico

Desde que estudié Filosofía en el bachillerato, la he considerado como una rama del conocimiento que perdió el tren. Y es que, de las tres disciplinas que el hombre manejaba para explicar el mundo que le rodea (Religión, Filosofía y Ciencia), me pareció siempre que la Filosofía se había quedado entre dos aguas: ni era lo suficientemente dogmática, ni lo suficientemente experimental. Y claro, como a los partidos políticos de centro, no los votan ni los de derechas, ni los de izquierdas… Tras más de once años dedicado a la investigación en Ciencias de la vida, no puedo estar más de acuerdo con Santiago Ramón y Cajal en “la esterilidad de la metafísica en sus reiterados esfuerzos por adivinar las leyes de la Naturaleza”.

Francis BaconEso sí, la Filosofía de la ciencia me parece una magnífica herramienta para analizar por qué las cosas son como son. O, al menos, como nos parecen que son. En este aspecto, este tipo de filósofos se parece mucho a los economistas y a los meteorólogos: unos expertos en explicar por qué ha pasado lo que ha pasado, pero no muy buenos a la hora de predecir lo que va a pasar. Según mi punto de vista, quizás excesivamente práctico, por mucho que se esfuercen los filósofos de la ciencia, su disciplina no deja de ser un mero entretenimiento.

Libros como el Novum organum de Francis Bacon y el Discurso del método de René Descartes son magníficos para hacer pensar, pero no tienen utilidad alguna, ni a la hora de hacer descubrimientos, ni a la de enseñar a hacerlos. Y es que, como llegó a decir el químico alemán Justus von Liebig de la obra de Bacon, “nada contiene de los procederes que conducen al descubrimiento”.

A pesar de que autores como David Hume o Claudio Bernard han mostrado que el científico sólo puede describir cómo funcionan las cosas, pero nunca el porqué, los propios investigadores no parecen haberse dado por enterados y siguen en sus trece pensando que se debe simplemente a que, todavía, no se tienen todos los datos necesarios. Y tras ellos, escuelas enteras de pensamiento como el empirismo piensan que en determinadas circunstancias siempre se darán determinados resultados. Claro que los filósofos han llegado a esa conclusión mediante razonamientos y los científicos, al menos en mi caso, simplemente por que es su trabajo y sería de tontos pensar que sus esfuerzos no llevan a ningún sitio.

No niego el mérito de todos estos filósofos, pero, en el fondo, todas las reglas y preceptos que formulan no dejan de ser si no el sentido común que los investigadores emplean a la hora de cuestionarse el mundo que nos rodea. Por muy clara y rigurosamente que hayan fijado las reglas por las que se rige la Ciencia, no conozco personalmente a ningún científico que las haya utilizado en sus investigaciones. Y es que, como decía Rudolf Eucken, “leyes y formas lógicas no bastan a producir un pensamiento vivo”.

Si, parafraseando a Arthur Schopenhauer, para andar no estudiamos antes mecánica, para investigar no se estudia la Filosofía de la ciencia. Entonces, ¿cómo se aprende a ser científico sin usar recetas lógicas para hacer descubrimientos? Pues gracias a un método que, aunque medieval, nos ha hecho conseguir la enormidad de hipótesis y conocimientos científicos que tenemos en la actualidad: el doctorado.