El techo de cristal no existe

He visto y respirado la boina de Madrid, he volado entre las nubes y sobre mi cabeza ha caído más de un diluvio. Pero nunca, nunca he visto el techo de cristal del que todos hablan. Y no lo he visto porque físicamente no existe, es tan solo una metáfora. Pero no una una metáfora poética que embellece un texto, es una metáfora que oculta una realidad.

El verdadero techo de cristal es aquel profesor que te explicaba que aunque las chicas fueran las que sacaban mejores notas, el alumno verdaderamente brillante era siempre un chico. Y son aquellos alumnos que comentan la sabiduría de su profesor y puntúan el atractivo sexual de su profesora.

Para techo real, ese director de un centro de investigación que se refiere a los jefes de grupo como Doctor Sánchez o Doctor Moreno mientras que las mujeres son esa chica rubia o la muchacha que tiene un laboratorio en la tercera planta. Eso sin olvidarse del pope de la física cuántica que pregunta a una científica de 40 años si es la becaria del físico teórico (¡de 42!) con quien estaba hablando en el ascensor de bajada al acelerador de partículas.

De cristal o invisible, este techo no es más que una excusa para no buscar culpables, para no asumir responsabilidades y no exigir reparación por todas aquellas mujeres que se han visto discriminadas y perjudicadas.


Va siendo hora de dejarnos de metáforas y analizar quién impide que las mujeres tengan un trato justo e igualitario.

Cuando a un mujer la hacen ir a una sesión al ministerio para evaluarla a los tres días de dar a luz, no es el sistema neutro e impersonal el que la está perjudicando. Lo está haciendo específicamente el funcionario o la funcionaria (con su nombre y sus apellidos) que le ha dicho por teléfono que haga lo que quiera, que no es obligatorio ir, pero que en esa reunión se decide si le siguen dando dinero o no para sus experimentos. Todos sabemos que a un techo de cristal no le podemos afear conductas. A quien sí podemos exigir responsabilidades es a aquel jefe de departamento que cuando quiere contratar a un nuevo científico solo pide la opinión a sus amigos. Es normal que lo haga pero, ¿se ha dado cuenta de que sus amigos son todos hombres? ¿Y de que los amigos de sus amigos son también todos del sexo masculino?

Llevamos unos cuantos años celebrando este 11 de febrero y a la mayoría ya nos han visibilizado al suficiente número de mujeres científicas. Creo además que también hemos comprendido qué hay que hacer para romper este techo. Por eso va siendo hora de dejarnos de metáforas y analizar quién impide que las mujeres tengan un trato justo e igualitario. Si esas personas no se reciclan y empiezan a tratar a todo mundo según dice nuestra constitución (sin discriminación alguna por razón de su sexo o circunstancia personal), sobran en sus puestos de trabajo.

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