Ciencia, prejuicios y fe

Hace unos días, viendo con otros padres como nuestros hijos se colgaban de los columpios del parque, nos pusimos a hablar sobre por qué creemos unas teorías científicas y otras no.

Si los físicos nos muestran un dibujo con unas rayas y nos dicen que han descubierto el bosón de Higgs, nadie lo pone en duda y nos parece algo magnífico aún sin saber muy bien de qué están hablando.

Si a pesar de ver al Sol girar a nuestro alrededor un día tras otro, los astrónomos nos dicen que es la Tierra la que gira alrededor del Sol, nosotros se lo enseñamos a nuestros hijos en la escuela.

Niños jugando
Jungle Gym (Foto: Kenn W. Kiser)

Pero si nos dicen que evolutivamente los seres humanos venimos del mono, cien años después la seguimos liando. Viendo jugar a los niños en el parque, ¿a quien le cabe la menor duda, no ya de que vengamos del mono, si no de que seamos un tipo de mono?

Como escribe J. Antonio Martell, “muchas personas tienden a refutar lo que dice la ciencia pero sin argumentos“. Claro que cuando nos creemos a pies juntillas la existencia del bosón de Higgs tampoco tenemos mucho que argumentar. ¿Alguien conoce alguna evidencia de que sea la Tierra la que gira alrededor del Sol?

Creo que aceptamos las teorías de la física por fe, pero también recurrimos a ella cuando rechazamos la selección natural. ¿Son los biólogos menos fiables que los físicos? ¿Son los físicos más convincentes cuando argumentan? ¿O son nuestros prejuicios lo único que cuenta?

Para el científico de la Occidental College, Andrew Shtulman, la respuesta estaría en que nuestra mente no es una hoja en blanco dispuesta a llenarse de nuevos conocimientos científicos. De hecho, está llena de prejuicios: nuestras ideas previas al funcionamiento de las cosas. Así que antes de aprender algo nuevo, hay que desaprenderlo.

Según su último trabajo cuando aprendemos algo, nuestras ideas previas no desaparecen, simplemente se apartan. Se quedan ahí. De hecho, enfermedades como el Alzheimer se ha visto que borran de nuestra mente lo que hemos aprendido, pero no nuestros prejuicios iniciales de cuando éramos niños. Así las explicaciones infantiles de los fenómenos de la naturaleza reaparecen cuando padecemos esta enfermedad.

Puede que esta sea el motivo por el que creemos en el bosón. No teníamos ninguna idea previa al respecto.

Y puede que las ideas de Copérnico tardaran unos 500 años en ser ampliamente aceptadas simplemente por que tenían que luchar contra la experiencia diaria de ver al Sol girar todos los días a nuestro alrededor.

La selección natural debe luchar contra nuestra percepción de que las especies son siempre las mismas y contra las religiones que dicen que Dios creó el mundo tal y como es ahora. Es un trabajo doble y tan solo llevamos cien años…

Referencias: