La maldad de las empresas farmacéuticas
Alfonso M. Corral | 15 de febrero de 2007 | OpiniónAunque ni yo, ni ningún familiar o amigo trabajamos en una empresa farmacéutica, me gustaría aclarar un punto sobre su supuesta maldad: así como la misión de la panificadora Bimbo no es intentar acabar con el hambre en el mundo (para eso esta la FAO), las empresas farmacéuticas no intentan acabar con las enfermedades, esa es la misión de la OMS.
Alimentando uno de los mitos más populares en nuestra sociedad, cada cierto tiempo surgen noticias basadas en lo malignas que son las empresas farmacéuticas: que si no quieren producir un fármaco milagroso porque no les da dinero, que si quieren tener los derechos exclusivos sobre cierto medicamento, etc.
No voy a ser yo el que niegue el derecho de todos, pobres y ricos, a beneficiarse de los últimos avances científicos en temas de salud. Sin embargo, tenemos que tener en cuenta que las empresas, por definición, prestan sus servicios con fines lucrativos. Considerando que sólo uno de cada 5.000 nuevos fármacos son finalmente útiles, es obvio que la inversión que hacen las empresas es enorme. Después de más de diez años invertidos en su desarrollo, los beneficios económicos son necesarios para dos cosas: invertir en nuevos fármacos y que les merezca la pena haberlo hecho. Y lo segundo es más importante, ya que, todos estamos de acuerdo, no son organizaciones de caridad.
Si las empresas farmacéuticas no tuvieran unos pingües beneficios, no producirían fármacos. ¿Entonces quien lo haría? Se calcula que cuesta unos 617 millones de euros la producción de un nuevo medicamento. Esto sólo es algo más del doble del presupuesto anual del Real Madrid y diez veces menos de lo que se gastará el Gobierno español en investigación civil en 2007. Ni al gobierno le exigimos que desarrolle y regale fármacos, ni al club de fútbol que done sus beneficios…
Creo que estamos exigiendo arreglar los problemas de salud pública a las personas equivocadas. Las empresas farmacéuticas son un blanco fácil: tienen mucho dinero y tienen el producto que queremos. Pero, como he dicho al principio, la misión de buscar el “grado máximo de salud que se pueda lograr” corresponde a la Organización Mundial de la Salud, y por ende, a los 193 gobiernos que forman parte de ella. Los ciudadanos de esos países deberíamos intentar que se solucionaran los problemas de salud de los más desfavorecidos. Pero deberíamos hacerlo presionando, no a las empresas privadas, sino a nuestros gobernantes.

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